¿Dejarías que tu hija saliera con un adicto en recuperación?

Pues… veamos, lo primero que me viene a la cabeza es un rotundo e indiscutible NO. Claro que, como dice Marga (seguidora del blog desde hace mucho tiempo), nuestras hijas o hijos harán lo que les dé la real gana…

Y vosotros os preguntareis: ¿cómo es posible que una adicta en recuperación responda tal cosa? ¿Qué clase de empatía tiene esta chica? ¿Cómo puede discriminar de esa forma a los de “su especie”? Pues es muy sencillo, resulta que convivo conmigo desde hace 36 años y, no un ratito no, sino cada segundo de cada minuto de ¡¡cada hora del día!! Afortunadamente duermo por las noches y, aunque en los sueños también aparezco yo, la cosa se hace más llevadera.

NoviosCorazonMuyBueno

Vivir con un adicto en activo es imposible, aguantar a uno en recuperación exige de una paciencia infinita, y ¿acaso no quiere cualquier padre que su hij@ se encuentre con la menor cantidad de dificultades posibles? ¿No preferirá que se junte con un tipo más bien normalito que no le dé muchos problemas de entrada? Bueno, empiezo por decir que yo no tengo hijos así que estoy haciendo un esfuerzo máximo por elevar al cubo el amor que siento por cualquiera de mis familiares, para poder acercarme a la idea de lo que es amar a un hijo. Una vez matizado este asunto, procedo a daros algunos motivos por los cuales no veo muy claro el hecho de que mi supuest@ hij@ comparta su vida con un adicto:

  1. Es incómodo presentarnos a los suegros: “Papá, mamá, esta es Oihana, drogadicta en recuperación” “Oihana, estos son mis padres”. Absolutamente bochornoso para todos. Aunque, por otro lado… ¿No sería mejor dejar esos detalles para más adelante? De hecho, cuando presentamos a alguien y está enfermo, por ejemplo, de diabetes, no decimos: este es Fulanito y padece de diabetes, ¿no?
  2. El sexo con nosotros no es la panacea, no os voy a engañar. Nos hemos pasado la vida drogados y sintiéndonos la requetebomba en la cama; y el caso es que -a la hora de la verdad y sin psicoactivos en nuestras neuronas- somos inseguros y resultamos más bien torpes. Por otro lado, dicen que el sexo con la pareja mejora con el tiempo, a medida que se practica y se conoce al otro…
  3. No nos quieren en determinados trabajos. ¿Y a quién sí? Joder Oihana, ¡mira las tasas de paro! -Mi pareja me está rebatiendo-.
  4. Somos celosos y posesivos. Nos cuesta entender que nuestra pareja puede hablar (¡incluso reír!) con alguien que no seamos nosotros mismos. ¿Cómo es posible que le haga gracia ese capull@? ¡Tenemos que madurar, chicos!
  5. Los impulsos nos dominan. Compulsivos en el trabajo y en aquellas cosas que nos gustan. No tenemos medida, siempre queremos más y más.
  6. Vivimos obsesionados por el orden y los horarios: ahora me toca hacer la rutina (ejercicio físico), ahora tengo que tomarme el batido, ahora es mi momento de lectura, ahora, ahora, ¡ahora! ¿Dónde está el espacio para la improvisación? Pues no está, ¿y por qué no? Pues porque sentimos que perdemos el control. Ese es nuestro salvavidas y nuestra tragedia. Si nuestra pareja es hábil, sabrá en qué momento apretar y en cuál pasar de nuestras neuras.
  7. Contamos de 3.000 para atrás al mínimo problema, ¿no me creéis? Preguntadle a la mía. Si, en algún momento, me cabreo porque me lleva la contraria, le digo: voy a contar para atrás. Y se acabó la discusión. ¿Quiero que mi hija aguante semejante demencia?
  8. Por otro lado, cuando la técnica de contar para atrás no funciona, nos esfumamos de la bronca diciendo: voy a llamar, espera un segundo cariño. Entonces llamamos a un compañero o a nuestra terapeuta, le contamos la movida (nunca habrá suficiente oro en el mundo con el que agradecer a la mía todas las horas de rollo que me ha aguantado) y él o ella nos pone en nuestro sitio. En mi primera cita, hace ahora 4 años, estaba tan nerviosa que estuve llamando a Maria Jesús durante todo el rato. Al final, mi cita me dijo: oye Oihana, ¿qué te parece si la próxima vez que quedemos viene también tu terapeuta?
  9. Otra cuestión que no debéis olvidar es que algunos adictos, entre los que me incluyo, no os besarán si habéis bebido algo de alcohol, ni siquiera si habéis osado tomar un bombón de chocolate que lleve licor. ¿Y si resulta que luego nos sale positivo en nuestros controles de orina? (Os juro que yo pensaba así).
  10. Dejo para el final lo más importante: ¿estáis preparados para que cada una de vuestras intimidades se comenten en un terapia con 15 yonkis más?

Podría seguir contando miles de cosas sobre la convivencia con un adicto en recuperación pero, para saberlo, hay que vivirlo (¡o preguntarles a los que nos aguantan!). Lo que sí puedo asegurar -y creo que no me equivocaría- es que, aunque en ocasiones sea duro, siempre es divertido. Creo que si la pareja es capaz de llevarlo con cierto humor, dando espacio, no sólo al adicto, sino a sí mismo; no fijándose demasiado en las manías y obsesiones del otro; evitando entrar al trapo por tonterías y tratando siempre de pasarlo bien y descubrirse mutuamente, no debería haber ninguna diferencia entre la relación de dos personas sanas y una pareja en la que uno de ellos fuera adicto en recuperación.

Así que, volviendo a la pregunta… ¿Dejaría que mi hija saliera con un adicto en recuperación? Pues imagino que sí. No sin antes -eso sí- haberla obligado a leer todos y cada uno de los posts de este blog; haber insistido -sobre todo- en el punto 3 de éste (reconozcamos que es el más persuasivo); y haber conseguido, por supuesto, el teléfono del terapeuta del chaval en cuestión para conocer con todo lujo de detalles su proceso terapéutico.

Y es que imagino que el verdadero temor que cualquier padre puede tener en una situación como esta, es a la maldita recaída. Recaída que, por cierto, no tiene por qué producirse si el adicto recuerda durante toda su vida lo que es y lo que puede y no puede hacer.

“Se pinchaba los anabolizantes sin control”

Hoy os dejo el testimonio de una chica que ha vivido junto a un adicto a los anabolizantes. Si conocéis algún recurso para este tipo de adicción, os ruego que dejéis un comentario, gracias. (Oihana)

 

“La vida, a veces, te sacude cuando menos lo esperas. Cada uno de nosotros somos responsables de lo que hacemos pero algunas personas no quieren serlo y actúan sin pensar en las consecuencias que tendrán sus actos en su vida y en la de otras personas.

anabolizantes

Estaba en una etapa tranquila de mi vida cuando, de la noche a la mañana, me di cuenta de que la vida que pensaba que llevaba con mi pareja había sido una ilusión. No había visto la realidad en los últimos 2 años de relación. Había notado que él se había distanciado de mí y que se había centrado en ir al gimnasio y en tomar batidos energéticos, pero no le había dado demasiada importancia. Yo compensé ese distanciamiento centrándome en mi vida y en las cosas que tenía que hacer.

Cada vez que nos veíamos, parecía que no había cambiado nada pero después llevábamos vidas diferentes. Me acostumbré a tener una vida así, no quería darme cuenta de la realidad, de que no era feliz a su lado. Hasta que un día recibí una llamada de una persona que no conocía y se me vino el mundo abajo al contarme la clase de vida que estaba teniendo…

Él, al principio, lo negó todo hasta que no pudo seguir haciéndolo. Me contó que había sido el peor año de su vida, que había vivido un infierno; que había escapado de sus problemas metiéndose profundamente en el mundo de los gimnasios; que cada vez que se sentía mal, se pinchaba los anabolizantes sin ningún control y que ahora no sabía quién era ni cómo salir de todo esto. Se inventó otra personalidad distinta, un chico que no tenía ningún problema y que tenía una vida maravillosa. Esa nueva persona era la que conocían las personas que formaban ahora parte de su vida y que no conocían su pasado ni su vida real.
A pesar del duro palo que recibí, decidí ayudarlo. Lo llevé a psicólogos, psiquiatras y a un centro de adicciones. En el centro, me dijeron que los adictos eran unos expertos manipuladores y que mentían siempre para protegerse de sus conductas; que todo lo que me dijera iba a ser mentira y que si él no quería ponerse bien, que yo no le obligase. Sólo fuimos al centro una sola vez porque no quiso hacer el esfuerzo de ingresar en él.

Pasaron los meses y dejó de ir al psiquiatra y al psicólogo. Me decía que iba pero después me enteraba de que no lo hacía.
No quería ir a ningún sitio, sólo quería dormir, comer cada 3 horas, tomar sus batidos y pastillas e ir al gimnasio. Estaba muy obsesionado por las horas y se ponía de muy malhumor por cualquier cosa. Le molestábamos los demás, se ponía como un loco con nosotros, le daba patadas a las puertas, discutía con sus padres o conmigo sin camiseta y mirándose en el espejo, hasta me rompió la luna del coche de un puñetazo y se fue a comer como si nada… Me echaba de su casa si llegaba y aún estaba él en la cama porque le hacía sentirse mal por no haberse levantado antes y porque ya tenía que haber hecho 2 comidas… Yo me ponía a llorar al verlo así y me iba para casa a los 10 minutos de haber llegado. Todo esto me lo tragaba y no lo compartía con nadie porque me daba mucha vergüenza hacerlo. Después de varias horas, cuando ya estaba más tranquilo, me llamaba y me pedía perdón por todo y me decía que no se acordaba de lo que me había dicho. Y siempre me decía lo mismo: no me hagas caso cuando estoy así porque no razono. Cuando me ponga así, lo mejor que puedes hacer es irte.

Yo le perdonaba hasta que volvía a pasar lo mismo. Me convertí en su marioneta. Hablábamos cuando él quería, nos veíamos cuando él quería, hacíamos algo cuando él quería…

Siempre pensaba que algún día se iba a poner bien y volvería a ser el chico estupendo que era antes pero, cada dos o tres meses, por cualquier problema, volvía a recaer y a hacer la misma vida de siempre. Si yo le decía algo, me contestaba siempre lo mismo: olvídate de mí, es lo mejor que puedes hacer. Yo no te voy a poder hacer feliz nunca porque no sé salir de esto. No puedo tener obligaciones ni responsabilidades. No puede depender de mí la felicidad de otra persona. No quiero hacerte sufrir más. Yo me merezco esto pero tú no y no quiero arrastrarte conmigo.

Yo me volvía a derrumbar una vez más, me sentía muy mal y no quería seguir viviendo porque sentía que todas las ilusiones que había tenido durante los 9 años de relación se habían roto para siempre. Buscaba el apoyo y la ayuda de mis amigas para no tener la tentación de llamarlo o de ir a verlo. Cuanto más daño me hacía, más necesidad tenía de estar a su lado. Sé que esto es patológico pero así lo vivía.

Intentaba distraerme haciendo otras cosas pero él no salía de mi cabeza y me preocupaba por cómo podía estar. Al cabo de 1 o 2 días, ya estaba otra vez llamándome y diciéndome lo mucho que me quería y que estaba perdiendo al amor de su vida por ser un cobarde, por no tener el valor suficiente para luchar para ponerse bien.

Lleva 4 meses en tratamiento con una psicóloga. Parecía que estaba mucho mejor pero ha vuelto a recaer, porque sus padres lo están obligando a que estudie, y vuelve otra vez a tener los mismos pensamientos de siempre: que no va a salir de esto, que no ve ningún futuro, que le da igual su vida y que no quiere hacerme más daño. Él no acaba de darse cuenta de que necesita ayuda para poder cambiar y salir de todo esto y está destrozando su vida y la de las personas que lo queremos.

He buscado información sobre este tipo de adicción en la red pero existe muy poca información y no he encontrado ningún caso de familiar o afectado. Seguro que tiene que haber casos en este país pero no sé por qué no se hacen públicos, ya que se podría ayudar a otras personas que estuviesen padeciendo la misma situación y se sentirían comprendidas.
Durante todo este año, me he convertido en su cuidadora. Pensaba que yo podría ayudarlo a ponerse bien pero estaba equivocada. Es él el que tiene que decidir hacerlo y son los especialistas los que pueden guiar el camino de su recuperación.

¿Qué puedo hacer yo? Pues creo que lo mejor que puedo hacer es conseguir alejarme de él, no hacer caso a sus chantajes, empezar a cuidarme y liberarme, poco a poco, de todo el dolor y sufrimiento que llevo dentro. ¿Pero cómo puedo conseguir hacer esto? Por ahora, no lo sé. Espero que mi psicóloga me pueda ayudar.

Ojalá algún día él decida hacer más para recuperar su forma de ser y su vida y se dé cuenta de todo. Espero que no sea demasiado tarde.”

Una patada a la prepotencia_Por Mercè

-Has recaído Mercè, estas mal, hacia tiempo que no te veía así.
-¿Perdona? -Le dije.
-Y además tu ego está tan inflado que te haces daño a ti misma.
-Me va a dar algo. -Pensé.

Fabien Merelle

Tuve un encuentro con un compañero para comentarle la polémica que hubo con mi último texto. Le repetí, una y otra vez, que yo tenía razón y que había gente que estaba de acuerdo conmigo, aunque la mayoría no. La verdad es que yo creía entender lo suficiente sobre el tema de centros, de terapeutas, de coadictos, de terapias, porque es algo que ha ocupado mucho tiempo de mi vida.

De  manera obstinada le iba preguntando a mi amigo, y -yo misma- me iba respondiendo. ¿A qué estoy en lo cierto?  Lo que me pasó es que luego, al ver publicada la carta de una madre y esposa de adicto que me contradecía, me enfadé. Y ahora tengo un bajón bastante fuerte. Pero yo no quise hacer daño a nadie, por esto espero que reconozcas que tengo razón.

-Tú lo que necesitas no es tener razón (que no sé si la tienes) eso es lo necesita tu ego. -Contestó.

Pero, al cabo de un rato de hablar con él, ya reconocí que cuando alguien quiere plasmar su opinión a toda costa, es que algo en su interior no funciona bien. Cuando se va en contra de algo con tanta insistencia, puede ser debido a un enfado que se lleva arrastrando desde hace tiempo y puede que, incluso, sea por antiguos rencores.

Reconozco que la adicción es algo demasiado duro como para querer cuestionar cualquier cosa relacionada con el tema. Y ahora, pasados unos días, me doy cuenta de que me equivoqué. Hoy pienso que de poco me vale escribir en un blog sobre mi experiencia en coadicción si con mis comentarios he podido herir a alguien. Y, aunque sólo fuera hacer daño a una sola persona, ésta sola, ya debería ser para mí lo suficientemente importante. Así que, pido perdón.

-Sé más humilde y agradecida. -Me dijo mi amigo tras tomar el último sorbo de café y despedirnos.

Me fui a casa muy pensativa y he estado dándole vueltas… Hace una temporada que no estoy muy bien, siento mucho dolor. Y me parecía que alertando a las personas sobre algo que podría ser doloroso para ellas, el mío disminuiría. Por un momento pensé que mis consejos ayudarían a los demás y, principalmente, a mí misma a procesar algo que quizás en mi interior no tenga todavía resuelto. Pero, en un blog sobre drogas lo que debo hacer es sumar y añadir posibilidades para una posible curación y punto, porque lo otro, sería restar ayuda a las personas, y esta enfermedad ya es de por sí lo suficientemente dura.

Durante estos días Oihana no me ha hecho ningún comentario, supongo que esperaba que por mí misma llegara a mis propias conclusiones. Voy a trabajar de nuevo la humildad. No quiero dejarme arrastrar por la prepotencia, por un falso orgullo, por este ego que dice mi compañero que nos asalta a veces. Tendré que hacer como el adicto que, cuando recae, primero debe hacerse muy pequeño, reconocer los errores y empezar de nuevo.

¿Es mejor prevenir que curar?_Por Xavi

La semana pasada fui a dar una charla a un “casal de joves”. El dinamizador del lugar, un chico llamado David, estaba preocupado porque ve que los jóvenes que acuden al local (de entre 16 y 20 años, aproximadamente) se pasan la tarde fumando porros y bebiendo cervezas, y le consta que los fines de semana toman otras drogas como cocaína, MDMA, éxtasis, etc. 

La mayoría de ellos han abandonado los estudios, si consiguen algún trabajo les dura poco y no parecen tener otra ocupación ni motivación que eso: Ir a pasar la tarde jugando al futbolín, tomando y planificando la “juerga” del fin de semana.

David vino al centro a contarnos la situación y nos propuso organizar una charla para tratar de concienciar a esos chicos y chicas sobre los riesgos y consecuencias del consumo. 

El jueves a las seis y media de la tarde me planté allí y pude comprobar que el panorama era tal cual nos lo había descrito David. Me sentí completamente identificado con esos chavales. Ese local hubiera sido un chollo para mí en mi adolescencia, cuando el patinete dejó de servirme para patinar, y empezó a servir exclusivamente de asiento improvisado donde liarme los porros. 

A las siete empecé la charla. Algunos de los chicos se acercaron, otros, en cambio, hicieron como que la cosa no iba con ellos y se quedaron sentados en unos sofás del fondo de la sala, aunque en cuanto empecé a hablar se hizo el silencio y pude comprobar que escuchaban atentamente. 

Tras una breve presentación de mi proceso y mi situación actual, les puse un breve clipmetraje que, por cierto, os recomiendo a todos:

Eso nos dio la excusa para plantear diferentes temas como los supuestos beneficios que produce inicialmente el consumo: la falsa seguridad, la falsa aceptación social, la falsa autoestima o el falso bienestar. Hablamos de que el consumo puede parecer un recurso fácil y rápido para obtener esas sensaciones y lo contrapusimos a lo difícil que puede parecer a veces obtenerlas por uno mismo, aunque si uno realiza ese trabajo, los resultados que obtiene son reales y duraderos. Hablamos también de algunas de las consecuencias adversas del consumo: las complicaciones físicas, los problemas psicológicos y las carencias sociales.

No os voy a engañar, los chavales no me lo pusieron nada fácil. Ponían en duda mis argumentos, me rebatían y no se callaban ninguna opinión. La mayoría de los que inicialmente se habían quedado al fondo de la sala se fueron acercando y, al poco rato, teníamos montado un buen debate en torno a la cuestión.

Algunos de los chicos cuestionaban abiertamente mi posición, defendían que ellos podían controlar el consumo y que el consumo les aportaba cosas buenas; minimizaban los riesgos a los que se exponen y las consecuencias adversas que están experimentando. Algunos otros parecían más abiertos a cambiar de idea, escuchaban mis argumentos con atención y no los rebatían automáticamente, sino que parecían ponerse en duda e, incluso, acabaron defendiendo alguno de estos argumentos ante sus compañeros.

Después de una hora y media que pasó volando, dimos por terminado el debate. Terminé bastante contento por la participación activa de los chavales y por haber generado, al menos, un espacio de reflexión sobre su consumo. La misma sensación tuvieron los dinamizadores del local, y terminamos felicitándonos unos a otros por el trabajo realizado. 

Salía yo del casal en dirección al metro cuando me encontré con dos chicos y una chica de los que más habían participado en el debate y que, justamente, eran de los que habían terminado defendiendo posiciones más cercanas a la mías. Al saludarlos vi que comentaban algo en voz baja y se reían. Al preguntarles de qué se trataba uno de ellos acabó confesando:

- Nada. Que me decía ésta que después de toda la charla, si supieras a dónde vamos ahora, te desmayas…

- ¿Por qué? ¿Adónde vais?

- Vamos a una asociación, a pillar maría de la buena. 

No me desmayé, evidentemente. Ni tampoco es que la confesión me sorprendiera excesivamente. Pero sí que me hizo bajar del pedestal; y, mientras volvía en el metro, y a lo largo de los días siguientes, me ha tenido planteándome muchas cosas: ¿Valen la pena los esfuerzos que se dedican a la prevención del consumo de drogas? ¿Es posible realizar un verdadero trabajo de concienciación sobre los riesgos del consumo, especialmente entre aquellos que ya consumen?

Alguien me ha llegado a decir que lo mejor es que tomen de todo y mucho, para que lleguen a tocar fondo pronto e inicien un tratamiento que les permita vivir recuperados lo antes posible. ¿Tendrá parte de razón? ¿Tal vez a edades más tempranas el trabajo de concienciación sea más factible?.

Suele decirse que es mejor prevenir que curar… ¿Es eso cierto en el caso de la adicción? O incluso, ¿es eso posible? En fin… muchas más preguntas que respuestas, como es habitual.

Monstruos en el laboratorio

Resulta demencial cómo un sólo estímulo puede llevarte de la oreja a un recuerdo. Y cómo, en cuestión de segundos, se te eriza el alma o, en su defecto, los pelos del cuerpo entero.

Hace un rato estaba en el laboratorio de microbiología. Hoy teníamos la primera práctica de virología y nos disponíamos a infectar bacterias utilizando virus. Malos con malos, todo de lo más endogámico.

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Mi pareja de sesión era Mireya, una amiga mía que, aunque bruta con sus amigos, tiene -a diferencia de mí- una habilidad pasmosa con la pipeta. La cuestión es que hoy tocaba utilizar cloroformo para lisar (matar) a las bacterias. Ella, que ya conoce mi aprensión con todo lo que sea o parezca psicoactivo, se ha adelantado a manipular la botellita de tapón negro. Sin embargo, el daño ya estaba hecho, mi pasado me ha arrastrado durante unos segundos a uno de sus antros. Tienes que hacerlo rápido, mira… así… abres la tapa, te lo pegas a la nariz y aspiras intensamente -sonaba en mi cabeza la voz de alguien que decía quererme muchísimo-. Lo aspiré tan fuerte que mi cabeza se hinchó como un balón de playa, el corazón tocó a un ritmo frenético sus castañuelas y terminé cayéndome hacia atrás en plena discoteca. Lo que me pone más de esta droga, es que te pega fuerte y puedes metértela en cualquier parte porque nadie te ve -se jactaba esa grotesca voz-.

Mientras escribo puedo recordar, incluso, la música que sonaba. Se trataba de Unfinished Sympathy de Massive Attack ¿Os acordáis? Yo me desprendía de Oihana cada vez que la oía. Si, además, incluía algún tipo de guarnición (léase coca, GHB, extasis, ketamina o popper como en aquella ocasión) entonces sentía que podía hacerla desaparecer para siempre.

Pero no. Siempre volvía. Y lo hacía más triste, más loca y más muerta que antes.

¡Oihana! ¡Espabila! -Mireya me hacía volver a la práctica-. ¿Dónde estás? Anda ve y tráeme el agar, que te has quedado transpuesta.

Hay veces que me pregunto si mis recuerdos me dejarán en paz algún día, si dejarán de recordarme lo patética que resultaba la mayor parte del tiempo. Si me permitirán reconstruir la dignidad que perdí. Pero reconstruirla del todo. No sé… quizá esto no sólo sea patrimonio de los adictos, quizá la mayoría de la gente se arrepiente de cosas que ha hecho y, en ocasiones, aunque sean unas pocas, se siente indigna.

En cualquier caso, yo tengo la suerte de vivir un presente en el que personas como Mireya me rescatan entre risas de esos monstruitos de antaño.

Madre y esposa da la réplica al artículo de ayer

Una mujer nos escribió ayer diciendo:


Os envío esta carta porque quisiera contestar al artículo de vuestra colaboradora Mercè:

Soy madre y esposa de adicto. Y, en ambos casos, he tenido el gran privilegio de que mis familiares hayan querido y hayan tenido la oportunidad de ser tratados de su enfermedad en uno de esos centros a los que hace mención Mercè en su escrito. Mi experiencia en los dos casos dista mucho de lo que ha manifestado ella.

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Artista: Samantha French

Realmente me han sorprendido sus afirmaciones porque nada tienen que ver con lo que me tocó vivir a mí. Ella dice … Empiezan el miedo, las dudas, la inseguridad… en mi caso, no sólo estaba dominada por toda la angustia que uno siente al pensar si está o no en el lugar idóneo, sino que, además, estaba presa de incredulidad y rechazo a lo evidente: que mi hija estaba enferma y necesitaba ayuda.

Allí, en el centro, me acogieron, me acompañaron y me ayudaron a ver, a entender, a asumir la enfermedad de mi hija y la mía propia. Fue un camino duro, es cierto, pero no hubo un sólo momento en el que me sintiera sola. Yo sólo tengo palabras de admiración y agradecimiento por toda la ayuda que recibí allí. Primero con mi hija y después con mi marido.

También dice lo dejas todo en manos de unos grandes profesionales… y así es … ¿Acaso no haríamos lo mismo ante cualquier otra enfermedad? y, por otro lado, ¿acaso no está compuesto cualquier equipo médico por seres humanos? ¿Con sus virtudes y con sus fallos?. Mercè añade ¿te tratan como te mereces, te dan toda la información que necesitas, los ves agobiados y malhumorados porque puede que estén con mucho estrés y la paguen contigo? No sé qué ocurría en el centro al que hace referencia Mercè pero en el que se han recuperado mi hija y mi marido, jamás se dieron ninguna de estas situaciones. Todo lo contrario: me atendieron doctores y terapeutas siempre que lo solicité (tuviera cita o no); siempre me dedicaron el tiempo necesario y siempre me escucharon y aliviaron mi malestar. Todos y cada uno de los días que duró el ingreso de mi hija, yo hacía una llamada a última hora del día para saber de ella… y siempre hubo una palabra de consuelo y ánimo al otro lado del teléfono que permitía a mi enfermedad tomarse un receso… y a mí poder dormir esa noche.

Cuando vayas a las terapias, que no te de miedo hablar… Todos los familiares, cuando llegamos por primera vez a una terapia de familia, estamos asustados, desorientados, angustiados, destrozados… y nos cuesta mucho hablar desde nuestro interior, desde nuestras emociones. No sabemos hacerlo…. nuestra enfermedad -la coadicción- nos ha impedido ocuparnos de nosotros mismos durante años. Pero si uno se entrega, si se pone en manos del equipo terapéutico, sin cuestionar (como lo haría con otra enfermedad), cumpliendo pautas y dejando que le ayuden, las terapias familiares y de pareja llegan a ayudarnos de tal manera que acabamos viviendo una vida que ni en nuestros mejores sueños hubiéramos podido imaginar.

Mercè dice queda con otros familiares de adictos, habla sobre qué os parecen los terapeutas y, si hay que cuestionarlos -mientras sea de manera educada- podéis hacerlo, sin embargo, y siempre hablando desde mi experiencia, lo desaconsejo totalmente. Los coadictos -igual que los adictos- es mejor que hablemos de las cosas que nos preocupan dentro del marco terapéutico. Debemos recordar que también estamos enfermos y ciertas conversaciones entre enfermos puedan jugarnos malas pasadas. Si no abrimos nuestro corazón en terapia, si no nos mostramos tal y como realmente nos sentimos, y hacemos -como dice Mercè- aparentar la serenidad y la paz que quizá no tengamos… difícilmente nos podrán ayudar.

Hay dos cuestiones que me han llamado mucho la atención del texto de la colaboradora. En un momento dice: si en el centro no te ven totalmente derrumbada, no harán leña del árbol caído… Nunca, ni una sola vez, en los años que llevo en contacto con el centro, he visto o intuido algo así. Tener esas impresiones o pensamientos creo que, una vez más, son malas pasadas que nos juega nuestra propia enfermedad: la coadicción.

Finalmente hace referencia a los profesionales de esta manera: Piensa que no son dioses… Efectivamente, no son dioses, pero son uno de los pocos caminos para que nuestros familiares puedan iniciarse en el camino de la recuperación. No es posible dejar las drogas sin su ayuda. Y no es posible vivir bien, sereno y feliz si no se dejan las drogas.

Por último, quisiera añadir que quienes hemos sufrido la enfermedad de adicción en nuestros seres queridos y sabemos lo difícil que resulta llegar a un tratamiento, no deberíamos poner en duda ningún posible camino para la recuperación. En una enfermedad tan estigmatizada como es la adicción, en la que uno de los síntomas es la negación de la misma tanto por parte del adicto como del coadicto, no ayudamos poniendo en duda y cuestionando cualquier posible alternativa a un proceso de rehabilitación.

No pongamos cortapisas gratuitamente, ni creemos incertidumbre ante tanto enfermo que pueda estar planteándose acudir a un centro X.

Clínicas de desintoxicación… ¿Predican con el ejemplo?_ Por Mercè

Antes de que paséis a leer a Mercè, quiero decir que hemos discutido mucho acerca de este texto. Nuestras opiniones -en esta ocasión- no coinciden. Sin embargo, no me gusta practicar la censura de forma implacable y, después de meditarlo mucho, he pensado que quizá sea una forma de abrir un debate, o mejor, un diálogo que os -y nos- permita conocer las opiniones respecto al funcionamiento de algunas clínicas de desintoxicación. Gracias por leernos. (Oihana)

Te tiemblan las piernas o quizás te late el corazón muy fuerte, puede que incluso te suden las manos y que unas  lágrimas inoportunas se empeñen en permanecer en tus ojos, te nublen la vista y no veas el bonito paisaje que rodea el centro de rehabilitación, porque toda tú eres un manojo de nervios. Empiezan el miedo, las dudas, la inseguridad, el sentirte muy indefensa, el pensar que allí vas a dejar a un familiar durante un tiempo… Puede ser tu mamá que es alcohólica o tu hijo que está enganchado a las pastillas o tu hermano a la marihuana y la cocaína. En definitiva dejas, a aquel al que amas, en manos de quién crees que lo va a recuperar. Y, afortunadamente, en la mayoría de los casos es cierto. Así que allí depositas tu fe, ilusión y esperanza.

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Es posible que para pagar el ingreso te hayas endeudado, hayas tenido que vender o hipotecar tu vivienda o hayas pedido un préstamo aquí y allá o donde sea que te lo dieran. Así que el asunto es serio, no sólo para el enfermo, lo es también para ti.

Cuidado compañero/a que, con tanto dolor que llevas arrastrando desde hace tanto tiempo, con la autoestima por el suelo, sin las fuerzas suficientes para cuestionar nada, lo dejas todo, todo, en manos de unos grandes profesionales pero que tendrán sus fallos como seres humanos que son.

Cuando pones los pies en un centro X, piensa que tú tienes que recibir una información completa. Tienes que pedir que te expliquen el funcionamiento del centro con detalle, no valen las prisas, mereces que te dediquen un tiempo, el tiempo suficiente para poder hacer las preguntas que creas necesarias. En ocasiones van apurados, es normal cuando el trabajo se acumula, pero desde el momento en que pones los pies allí y pagas el ingreso, prevalecen tus derechos. Infórmate, pregunta… ¿pueden ser de sólo 10 minutos las visitas con el médico? ¿ O debe dedicarte más tiempo para saber detalles que tú todavía no conoces? En cuanto a los terapeutas: ¿te tratan como te mereces, te dan toda la información que necesitas, los ves agobiados y malhumorados porque puede que estén con mucho estrés y la paguen contigo? Si son honestos, deben disculparse el día que esto ocurra, ya que a los adictos es lo primero que se le enseña: deben ser humildes y honestos. Por eso ellos deben de practicar con el mismo ejemplo.

Exige un trato no exquisito, pero sí correcto. Cuando vayas a las terapias que no te de miedo a hablar y  si te cortan, diles  que no has terminado. Pide más y más información. Queda con otros familiares de adictos, habla sobre qué os parecen los terapeutas y, si hay que cuestionarlos -mientras sea de manera educada- podéis hacerlo. No tenemos que rebajarnos ni ante ellos ni ante el servicio médico y debemos ser tratados como los tratamos a ellos, con mucha consideración. Piensa que no eres mala hija ni eres mala madre, ni mala hermana por el sólo hecho de que tus seres queridos sean adictos. Quítate culpas. Muéstrate fuerte. Aparenta la serenidad y la paz, que quizás no tengas. Esto va a beneficiar al adicto y si en el centro no te ven totalmente derrumbada, no harán leña del árbol caído. Debes llevar este proceso tan duro con mucha dignidad, con mucha fortaleza interior. Aguanta, observa, escucha, pregunta, infórmate en otro lugar para tener una segunda opción si esta no funcionara. Si en el centro te insinúan  que ellos son la única salvación para tu familiar enfermo, si te meten miedo a las recaídas, si ves que hay un punto de saturación porque el enfermo se les resiste, piensa que no son dioses, que nadie conoce el camino de nadie, y que nadie tiene la verdad absoluta ante nada.

Puede que la verdad, la recuperación, el juicio y la serenidad, lo encuentren en otra parte que no sea aquí  y no pasa absolutamente nada.

Y sobre todo ¡¡¡no desfallezcas!!!

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